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La impunidad del lobo. La muerte y la doncella (Polanski) Crítica

21 febrero 2017

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La impunidad del lobo. La muerte y la doncella, de Roman Polanski. Crítica Alexandre Lacaze

Jamás había escuchado en la vida la melodía de La muerte y la doncella de Schubert. Tampoco conocía la supuesta homosexualidad del compositor. Me viene a la mente un grabado del siglo XV, tipo Durero, con una joven Eva y un esqueleto al lado, una imagen muy común de la vánitas renacentista noreuropea: la belleza y la podredumbre de la muerte unidas (véase cuadro de Hnas Baldung Museo del Prado). Pero vamos a la película.

Un país indefinido del Cono Sur, finales de los 80, tras la caída de una de las dictaduras militares y por tanto, el doloroso paso hacia la nueva democracia. Se debe hacer frente a lo que fueron llamados los “gobiernos de reconciliación”, que no venían a ser más que la reinserción de los antiguos dirigentes de los respectivos regímenes y el olvido de crímenes y torturas por entonces recientes. Se trata de un sistema político que para asegurar la paz hace convivir a las víctimas con los verdugos torturadores en un mismo espacio. En ese contexto histórico de lo más difícil surge el dilema: ¿perseguir a los culpables y juzgarlos a la llegada de la democracia o dejarlos pasar inmunes, debido al miedo que han generado entre sus propias víctimas y las posibles represalias o confrontamientos civiles que pueden romper la unidad nacional?.

En esta película (hábil juego de espejos) nada es lo que parece o juega a que no tengamos la verdad absoluta hasta el final. Plantea un conflicto equiparable al dilema moral que todos sostenemos. Ese es el camino y desconocimiento en el que nos hallamos en la actualidad política, donde a menudo tenemos las evidencias flagrantes de los delitos, pero a la par la incapacidad de deslumbrar a ciencia cierta la condena a muchos que apuntan culpabilidad, porque nuestro sistema dice defender antes que nada la inocencia.

Una pareja vive en un chalet de una zona costera remota. Cómodamente, infelices. La esposa, Sidgurney Wever, infértil y alcohólica, aparece atormentada por un pasado que desconocemos, echando mano del alcohol y el cigarro en continua tensión. El espacio es fundamental: una casa en mitad de un páramo, sin ontraventanas, sin protección, con lluvias tropicales (llueve pero hace calor); todo presagia violencia. Todo en el aire es amenaza: tormenta y teléfonos cortados, aislamiento absoluto con el exterior. Elementos del cine de terror. Ya respiramos que algo va mal.

La película comienza con una peligrosa filtración secreta a la prensa, en la radio, de que su esposo ha sido escogido para encabezar una comisión investigadora de criminales de la Operación Cóndor. Es altamente peligroso que esto se haya hecho público. La vida de la pareja corre peligro de represalias de antiguos dirigentes del ejército. A ella le da tanto miedo la decisión de que su marido presida esa comisión, por las represalias que pueda conllevarles, que no la recibe de buen agrado.

Así que cuando su marido es traído en mitad de la noche a casa por un desconocido (Ben Kingsley), tras haber pinchado una rueda, discuten su decisión. Al rato, el desconocido vuelve a casa a felicitar al marido por la noticia filtrada. Pero algo va mal. Ella reconoce por la voz a su torturador del pasado. Así que en vez de recibirlo, se hace la dormida y se refugia en su habitación para posteriormente coger una pistola, todo el dinero y huir en el coche del desconocido, dejando a su marido y al desconocido tomando una copa en el salón. Ellos se dan cuenta, pero, impotentes, deciden tomarlo con humor y seguir bebiendo hasta emborracharse. Mientras, el desconocido, el tal doctor Miranda, hace halago de la labor del abogado felicitándole por presidir la comisión y arremete contra los antiguos criminales.

El personaje del marido (Escobar) representa a la ley, una ley fría e injusta que se halla paralizada por las faltas de evidencias o los mecanismos que impiden que se ejerza la justicia.

Ella es un personaje paranoico y tiene una razón muy poderosa su trauma: ha sido violada más de catorce veces y torturada con picana, probable causa de su esterilidad. El visceral odio a su torturador la corroe. En el coche ha hallado una cinta con la música de Schuman. ¿Otra evidencia u otra casualidad?

Viene le dilema ético de la venganza: ¿es justa la venganza? ¿Es justo el ojo por ojo? En primer lugar, ella lanza el coche de su torturador al vacío, pretende matarle y se dirige con la pistola a su casa, donde lo huele y se cerciora de que realmente es su torturador. Lo maniata, lo humilla y le apunta con la pistola exigiéndole confesión.

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Lo que viene después es casi una hora y media de tensión entre los tres personajes en un contexto de peligro. Polanski juega con el fondo ético. ¿Está bien o está mal? ¿Es culpable realmente Miranda o no lo es? ¿Debemos juzgarle solo por el odio? ¿Debemos ser iguales que los torturadores? Sí, pero no olvida magistralmente cómo hacerlo, es decir, la forma. Como buen seguidor del suspense e Hichtcokt, nos mantiene con la intriga a través de largos fuera de campo del personaje de Kingsley, la posición baja, claustrofóbica, de la cámara: los elementos clásicos del cine de terror, que nos mantienen en suspense y dudas acerca de cómo se resolverá la historia.

Kingsley (el doctor Miranda) niega rotundamente todas las acusaciones, así que suplica que ha sido una confusión, que no hay pruebas, que es honrado, que es un caballero. Propone que confirmen su coartada: afirma que él no vivía en el 77 en su país, puesto que trabajaba en España. Pero ¿ es cierto ?, ¿no lo es?.

Mientras, asistimos a otro foco de tensión más, las confesiones maritales más íntimas de la pareja. Conocemos la verdadera historia: ella, la esposa, había sido torturada por no dar el nombre de su marido, por proteger su identidad como director de un periódico clandestino. Cuando salió en libertad, descubrió que su marido le era infiel. Reconocemos, pues, a un personaje masculino débil en todos los sentidos, un intelectual defensor de la legalidad cuyos utópicos ideales se tambalean. Llega a confesar que él mismo la hubiese delatado por salvar su pellejo y, emocionalmente infiel, se calla cuando su esposa le inquiere si estaba enamorado de su amante. Es la contraposición a su mujer, fuerte, luchadora y con principios; alguien que no solamente le ha sido fiel, sino que ha dado su propia vida por él soportando todo tipo de vejaciones.

Aun con semejante conocimiento en su haber, él sigue dudando de la veracidad, no de su relato, pero sí de la identificacion de Kingsley /Miranda como su verdugo. Ante la falta de pruebas, afirma que puede que sea una paranoia de su propio trauma. Eso es lo triste: en su afán por ser justo, es capaz de oír a la supuesta víctima (el torturador) antes que a su mujer. En un principio, incluso intenta ayudarle a escapar.

Ella pide que el torturador sea grabado en vídeo y confiese los hechos. Éste acepta solamente si lee lo que quieren que diga para tener coartada, porque según él no hizo nada. Pero en mitad de la confusión, de nuevo surge la duda de si es verdad o mentira. A través de varias reacciones, parece delatar su verdadera identidad (la llama “puta” en un desliz y en otro momento del interrogatorio dice que no la amarró con cuerdas, sino con alambres).

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El final es demoledor. Ella lleva al Doctor Miranda al acantilado, donde puede matarlo. Éste intenta salvarse y hace llamar al marido por teléfono a España por última vez para demostrar su coartada y la ratifica. Aun conociendo todos que estos criminales habían preparado burdas coartadas para cuando fuesen detenidos, el marido sigue teniendo dudas de que sea culpable y por lo tanto el espectador también. Hasta que en el acantilado, antes de ser ejecutado, por fin Kingsley reconoce la naturaleza de sus crímenes y su propia naturaleza humana. Relata cómo siendo el más bueno y caballero de los doctores y el que más vidas había salvado, cayó en la degradación y la podredumbre. La causa: el poder que tiene el torturador sobre el ser humillado y el placer del mal.

Entonces los espectadores sentimos miedo. Como Kingsley estamos en su mismo acantilado y es una pistola la que nos apunta al escucharle. Nos escuchamos a nosotros mismos. “¿Cómo alguien siendo bueno puede llegar a lo más atroz? ¿Podría yo caer en lo más sucio?” nos sugiere una reflexión interior.

Pero, tras la confesión y la sentencia de culpabilidad, ella le desata y hace acto de perdón. Su marido también es incapaz de lanzarlo al mar.

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El epílogo aún es más terrible. Asistimos a la conviencia entre verdugos libres y sus víctimas, esta vez en el marco de un concierto de Schubert, con la pieza La muerte y la doncella. El personaje del doctor Miranda exhibe un estatus y una superioridad en el placo superior con su familia y dedica una última mirada depredadora hacia su víctima, que en platea tiembla de pánico junto a su esposo.

La impunidad ante los lobos nos hace culpables en el perdón. Conocemos que el miedo continuará en la sala y afuera de ella. La justicia, entonces, no existe en cualquiera de sus formas.

(Fuente: Imagénes obtenidas de cinedivergente.com)

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